15 mar. 2011

The Last Dawn

Con un cuchillo en la mano, la sucia y cansada Susan miró de un lado a otro antes de salir de entre los arbustos para cruzar el pequeño camino que le separaba del último tramo de aquél bosque que se había convertido en un improvisado coto de caza donde ella era la presa.

Una hora antes jamás habría imaginado lo que le esperaba al subirse en la oxidada camioneta de aquel hombre de rostro amigable. No le había dicho su nombre, lo único que dijo fue que quería pasar un buen rato. Susan pensó en un servicio standard, sería el tercero esa noche, una buena noche, o eso creía.
 El hombre condujo un rato por la carretera antes de salir por un polvoriento camino de tierra y al poco tiempo detuvo el automóvil. Susan estaba un poco nerviosa, quería terminar cuanto antes.
-Son 50 pavos, por adelantado.-dijo.
Él saco tres billetes de veinte de su bolsillo y se los dio.
-No tengo cambio.
-No importa, quédatelo.
-Tú mismo. Cuando quieras empezamos.
El hombre sonrió y la miró fijamente con sus saltones ojos azules.
-¿Qué ocurre?-Preguntó Susan cada vez mas nerviosa.
-Solo quiero pasar un buen rato, nada mas.
Susan miró a su alrededor, estaba a punto de amanecer y ya se veía un poco, y vio que a su alrededor solo había bosque. Cuando volvió a girar la cabeza, aquel hombre estaba enfilándola con un enorme cuchillo de caza.
-Solo quiero pasar un buen rato.

La pobre Susan palideció, y mientras el hombre se acercaba a ella lentamente, metió la mano en su bolso y alcanzó el spray de pimienta que esperaba no tener que usar nunca cuando lo compró.
La mueca siniestra de aquel psicópata parecía presagiar el fin de la desdichada vida de aquella prostituta, pero en un arrebato de quien no tiene nada que perder, Susan roció los saltones ojos azules de su potencial asesino con un alarido mezcla de dolor y furia.
-¡Maldita zorra!
El hombre se llevó las manos a los ojos, soltando el afilado cuchillo que Susan no tardó en empuñar, ahora habían cambiado las tornas.
-¡No te acerques a mí maldito cabrón o te juro por Dios que te corto las pelotas!

Y terminando de decir estas palabras, abrió la puerta del coche y echó a correr, dejando en el coche a su pesadilla, y se adentró en el bosque, tratando de recordar hacia dónde estaba la carretera. Corrió durante un rato sin parar, cayendo en el barro varias veces y arañándose con la maleza hasta caer agotada. Se sentó en un tronco para descansar un momento, pensó que aquel desgraciado se había ido, o al menos así lo deseaba con todas sus fuerzas.

De pronto la maleza se agitó detrás de ella, se levantó de un salto y pronto se dio cuenta de que no era mas que una inoportuna liebre, pero tenía que seguir, aquel sitio no era seguro. Siguió caminando a paso ligero durante un rato hasta llegar a un camino, y con el cuchillo en la mano, la sucia y cansada Susan miró de un lado a otro antes de salir de entre los arbustos para cruzar el pequeño camino que le separaba del último tramo de aquél maldito bosque. No vio nada y cruzó casi de un salto, la carretera estaba cerca, podía oír el tráfico. Corrió hacia su salvación a toda la velocidad a la que podía ir en aquel inestable terreno, pero de repente oyó crujir una rama tras de sí y en un acto reflejo giró la cabeza y tropezó al ver aquella aterradora imagen.

Desorientada y sin saber cómo, alcanzó a recuperar el cuchillo mientras se incorporaba torpemente. Cayó de nuevo, se había torcido el tobillo, su peor pesadilla la miraba mientras se acercaba con un tarugo de madera alargado.
-¡Por Dios, no me mates!-Suplicó la indefensa Susan.-¿Por qué me haces esto?
-Solo quiero pasar un buen rato.
La misma mueca asesina se dibujaba en su cara mientras se acercaba lentamente a su presa. Susan, para su propia sorpresa, estaba tranquila, tranquila y a la vez furiosa, no se iría de este mundo sin luchar.

El hombre se acercó lentamente, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó el madero que portaba con intención de dejarlo caer sobre su víctima. Y una vez mas, con la poca fuerza que le quedaba, sin nada que perder, Susan saltó con su única pierna sana sobre su enemigo, blandiendo la afilada hoja de su cuchillo y apuntando a su cuello, pero su objetivo, en un acto reflejo, movió el cuerpo y la hoja del cuchillo rozó su cara, rajando su piel desde el pómulo derecho hasta la barbilla. Pero Susan cayó de nuevo al suelo tras el encontronazo, perdiendo el cuchillo, e intuyendo que sus días habían terminado, no pudo hacer más que mirar los saltones y ahora enrojecidos ojos azules de su verdugo mientras éste se acercaba con la cara y la ropa cubiertas en sangre. Pensó en su vida, venía de una buena familia y las cosas podrían haber sido muy diferentes para ella, pero tomó las decisiones equivocadas, se acercó a gente que no debía y todo ello la condujo a esa vida.
-Ojalá pudiera volver atrás.-Pensó para sí, pero ya era demasiado tarde para todo. Levantó el asesino una vez mas su arma improvisada.
-Adiós amiguita, ¿Verdad que lo hemos pasado bien?-Dijo sonriente y en tono alegre.
-No sabes cuanto hijo de puta, te veré en el infierno.
Y tras oir esta última maldición, golpeó con furia la cabeza de Susan, que para cuando tocó el suelo ya era una cabeza inerte.

Ya estaba bastante claro el día cuando el homicida terminó de envolver el cuerpo en una manta para cargarlo en su camioneta y de cambiarse de ropa. Se había limpiado la cara pero la sangre seguía emanando de su rostro y llevaba ya un rato, tenía que ir a un hospital. Se ató una toalla al rededor de la cabeza para contener la hemorragia y puso la camioneta en marcha.

Cierto era que estaba cerca de la carretera, no tardó más de dos minutos en llegar por el camino de tierra. Se incorporó a la vía camino de la ciudad, iba rápido, había perdido bastante sangre, tanta que se sintió mareado. Cerró los ojos como en un largo parpadeo, y cuando los abrió tenía encima un enorme camión, giró el volante para esquivarlo pero era demasiado tarde.

Chocó de frente contra aquel trailer saliendo despedido por la luna delantera y el cuerpo de Susan sobrevoló la camioneta, perdiendo su envoltorio textil en el aire cayendo a metro y medio de su asesino, y mirándola a sus ojos abiertos y sin vida, recordó la promesa que le hizo su víctima antes de abandonar el mundo y sonrió, por última vez, ante lo paradójico de que aquellos ojos, ademas de ser lo último que vería en la vida, serían también lo primero que vería en el infierno.

1 comentario:

  1. Me ha ENCANTADO. Te lo digo totalmente en serio. Me ha gustado mucho la estructura y cómo has llevado la historia hasta el final.

    Un saludo

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